Una persona con un paraguas rojo cruza una calle de la ciudad por la noche.
Lluvia en la ciudad Algunas personas se encuentran con calles mojadas durante una tormenta en Washington, D.C. © Greg Kahn

Ciudades saludables

Un plan para los días de lluvia

Washington, D. C., combina las regulaciones con un nuevo mercado de créditos para mantener las aguas pluviales contaminadas fuera de sus ríos.

Por Jenny Rogers, Editor y Escritor Asociado, Revista Nature Conservancy | Primavera de 2019

En 2013, Cheryl Tyiska comenzó a trabajar como gerente en el histórico cementerio Mount Olivet de Washington, D.C. Un día, se sentó en su escritorio, abrió la factura mensual de agua y quedó anonadada. El monto era 6.000 dólares estadounidenses para un cementerio de 88 acres previo a la Guerra Civil que contaba con una plantilla mínima de empleados y ni siquiera regaba el césped.

“Nuestro consumo real de agua, el agua que usamos para inodoros, lavabos y recursos similares, es de aproximadamente 100 dólares al mes”, afirma. “Pero la factura de agua y todos los cargos asociados totalizaban 6.000 dólares mensuales”.

Tyiska comenzó a buscar una respuesta. No era un error del medidor de agua ni un desliz administrativo de coma decimal. La respuesta estaba en un programa de servicios públicos, similar a los que emergen en las ciudades de todo el país, en el que se cobra a los propietarios de terrenos no solo por el consumo de agua, sino también por los costos de tratamiento de aguas pluviales y la contaminación asociada que sale de su propiedad. Más precisamente, el cargo se basa en los pies cuadrados pavimentados, techados o de otro modo “impermeabilizados” de la propiedad. Y ese cementerio de 88 acres tenía casi 10 acres de rutas y senderos.

Cuando el programa de cargos por aguas pluviales entró en vigencia en 2009, todos los propietarios de terrenos comenzaron a recibir facturas de agua más altas de la empresa de servicios local, DC Water. Estos cargos ayudan a pagar un gran proyecto para limpiar el agua que corre en los ríos cercanos. Esto se debe a que las aguas recogen contaminantes de calles, aceras y alcantarillas. Y, cada vez que llega una tormenta, el agua de las superficies duras ingresa en los desagües y satura el sistema o sigue su camino sin ser tratada hacia los ríos.

La lluvia que cae en Mount Olivet y el lado este de la ciudad fluye hacia el río Anacostia y termina su recorrido en la bahía Chesapeake, el estuario más grande del país y hogar de delfines nariz de botella, ostiones de Virginia y cangrejos azules. A medida que el desarrollo abarca más tierras aguas arriba de la bahía, la cantidad de tierra blanda que filtra el agua de lluvia es menor. Esto provoca escurrimientos, un problema que la Agencia de Protección Ambiental (EPA) solicita a las ciudades que solucionen.

Cuando la factura de agua de Mount Olivet escaló a 10.000 dólares mensuales, Tyiska llamó a DC Water. “Les dije que podíamos tener que cerrar por no poder gastar 120.000 dólares al año en agua”. Pero, incluso con el cierre del cementerio, la Arquidiócesis Católica de Washington, dueña de esas tierras, debía seguir pagando la factura si no se hacían modificaciones en la propiedad.

Tyiska comenzó a buscar una salida. Llegó a la conclusión de que la única solución era eliminar la máxima cantidad posible de superficie pavimentada.

Para ayudar a facilitar este tipo de reacondicionamiento, la ciudad creó un mercado de intercambio de créditos para aguas pluviales. Esto permite que los propietarios de terrenos modifiquen sus propiedades para que los edificios y las tierras retengan y absorban más agua. Los cargos por aguas pluviales no son nuevos; la novedad reside en el nuevo enfoque basado en el mercado para cambiar el paisaje de la ciudad. Y los gobiernos municipales a lo largo de Estados Unidos observan el desarrollo de esta política de Washington.

Cuatro hombres usan redes para extraer basura de la superficie del río.
Manos que ayudan (De izquierda a derecha) Tommy Lawrence, Daryl Wallace, Andrew Skinner y Burrell Duncan, voluntarios de Earth Conservation Corps, recogen basura del río Potomac. © Greg Kahn

Mount Olivet se extiende sobre una colina en la porción noreste de la capital. Al otro lado de la calle, se encuentra el Arboretum Nacional de Estados Unidos, donde anidan águilas calvas y florecen algunos de los cerezos más famosos del país todas las primaveras.

El cementerio se inauguró en 1858 y ya recorre sus últimos años de actividad, explica Tyiska. Tiene aproximadamente 180.000 tumbas y está prácticamente lleno. Aquí se sepultan apenas 220 personas al año.

Con todo, se trata de un lugar histórico. Aquí se encuentran sepultadas figuras notables de la historia estadounidense: Mary Surrat, conspiradora en el asesinato de Lincoln; el arquitecto James Hoban, quien diseñó la Casa Blanca; y Jan Karski, un combatiente de la resistencia polaca en la Segunda Guerra Mundial que fue uno de los primeros espías en brindar testimonio ocular de las atrocidades nazis a los Aliados. También se trata del primer cementerio con integración racial de la ciudad. Aquí se sepultaron esclavos afroamericanos, cuyas lápidas de madera se desintegraron hace ya mucho tiempo.

Desde la cima del cementerio, se pueden ver las grúas de construcción en la distancia. Desde la década de 1960, han surgido edificios del gobierno federal, departamentos y condominios donde solía haber espacios verdes. Esto se traduce en más concreto y superficies duras, así como en más agua pluvial que llega a los ríos locales.

La ciudad se asienta en el punto de encuentro de los ríos Potomac y Anacostia, y el más pequeño Rock Creek que divide la ciudad entre ellos. El Anacostia supo bañar 2.500 acres de humedales mareales. En la actualidad, se trata de un curso de agua de movimientos lentos que en algunas zonas parece un lago. Los sedimentos arrastrados corriente abajo de ciudades y campos comenzaron a llenar el río desde comienzos del siglo XIX. Antes de la Ley de Agua Limpia, Washington volcaba regularmente aguas cloacales sin procesar en el río. Se trataba de una práctica común en la mayoría de las ciudades de Estados Unidos por entonces. A metros del Capitolio, el río se llenó tanto de aguas cloacales, poblaciones de mosquitos y riesgo de malaria, que el Cuerpo de Ingenieros de la Armada comenzó a dragarlo en la década de 1890. Hoy, solo quedan 150 acres de los viejos humedales.

Un mapa de la cuenca de la bahía de Chesapeake muestra las zonas desarrolladas.
Cuenca de la bahía de Chesapeake La cuenca (sombreada en azul) alberga algunas de las zonas urbanas y suburbanas de más rápido crecimiento del país. © Mapping Specialists, Ltd.
Un mapa de las zonas de DC (en rojo) que no absorben aguas pluviales.
Washington, D.C. Este mapa muestra cada propiedad con su cantidad de superficies duras sin capacidad de absorber agua de lluvia, como aceras, techos, estacionamientos y calzadas. © Mapping Specialists, Ltd.

En los últimos 30 años, la ciudad y grupos locales como Anacostia Watershed Society y Anacostia Riverkeeper han luchado por limpiar el río de modo que sea apto para nadar y pescar. En 2010, la ciudad comenzó a cobrar por las bolsas de compras; ese dinero se destinó a proyectos relacionados con el río. Dos años más tarde, los defensores del río informaron que la cantidad de bolsas plásticas encontradas en el río había bajado más de un 70 por ciento.

“Hemos logrado limpiar principalmente la superficie del río”, explica Kahlil Kettering, quien dirige el trabajo de The Nature Conservancy en el área metropolitana de Washington, D.C. “Ahora debemos limpiar el interior del río”. En otras palabras, el Anacostia (como la mayoría de los ríos estadounidenses) ahora afronta los impactos a largo plazo de los escurrimientos de aguas pluviales y cloacales.

Entre 1940 y 2003, los escurrimientos de aguas pluviales hacia el río Anacostia aumentaron un 250 por ciento, según el Servicio Geológico de Estados Unidos. Gran parte de eso puede atribuirse a un aumento de las superficies pavimentadas, explica Masaya Maeda, un experto en calidad de agua que trabaja para Anacostia Watershed Society. En términos simples, Washington y las áreas que lo rodean tienen menos espacios verdes para absorber agua.

Fuera de la ciudad, los números son más contundentes. En 2017, 18,2 millones de personas vivían en la cuenca de la bahía de Chesapeake, mientras que en 1980 eran 12,7 millones. Con la llegada de estos recién llegados, se pavimentaron aproximadamente 10.000 acres más por año. O bien, como lo explica Chesapeake Bay Foundation, se construye otra ciudad de Washington, D.C., cada cuatro años. En la actualidad, el escurrimiento de aguas pluviales urbanas y suburbanas es la fuente de crecimiento más rápido de contaminación, arrastre de nitrógeno, basura, bacterias, plomo y petróleo en el lodo de escurrimiento en la bahía.

La bahía ha luchado durante décadas contra la contaminación extrema, el deterioro de los arrecifes de ostras y la pérdida de la pradera marina que una vez ayudó a filtrar el agua. En la década de 1970, fue declarada una de las primeras zonas marítimas muertas de Estados Unidos.

Con el aumento del agua pluvial que ingresa a la bahía, la responsabilidad de controlar el flujo recae en las ciudades situadas dentro de su cuenca. Washington lo ha hecho en gran medida a través de un proyecto de túnel multimillonario que se financió parcialmente con los cargos por aguas pluviales de DC Water. La primera fase comenzó en marzo de 2018. El túnel de 7 millas, con capacidad para 100 millones de galones, actúa como reservorio y captura el exceso de aguas pluviales combinadas con aguas cloacales.

Antes del túnel, cuando las grandes tormentas azotaban e inundaban las tuberías de la ciudad, las aguas cloacales y pluviales saturaban las plantas de tratamiento y enviaban aguas cloacales sin procesar a los ríos de la ciudad. El proyecto del túnel ha comenzado a resolver ese problema. En los primeros seis meses del túnel, el tanque capturó 3.000 millones de galones de agua y los retuvo hasta que las plantas de tratamiento pudieron procesarlos.

Pero el túnel maneja solo las aguas residuales de tuberías donde se combinan aguas cloacales y pluviales. En dos tercios de la ciudad, las aguas pluviales simplemente ingresan en los ríos sin recibir ningún tipo de tratamiento. Incluso con una expansión planificada, el túnel solo no será suficiente. Pero si la ciudad lograra recuperar su capacidad de absorber lluvia, correría menos agua en dirección a los ríos.

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En 2011, Craig Holland, un economista de TNC que trabaja en el financiamiento de iniciativas de conservación, se reunió en Filadelfia con representantes del Consejo para la Defensa de Recursos Naturales y Encourage Capital para trabajar en un concepto radical: nuevas maneras de que los proyectos de aguas urbanas sean una oportunidad de inversión. Mientras tanto, Washington decretaba su cargo por aguas pluviales y, en 2013, lanzaba el mercado de Créditos de Retención de Aguas Pluviales, un esfuerzo que lo diferenció de otras ciudades.

El nuevo mercado era el primero de su tipo en Estados Unidos. Como sucede con el comercio de carbono, el mercado permitía que los propietarios de tierras ganaran créditos según la cantidad de agua pluvial que sus terrenos podían absorber. Los créditos (un galón de agua pluvial retenida equivale a un crédito) podían venderse en un mercado con el apoyo de la ciudad. Los constructores deberían capturar una determinada cantidad de la lluvia que caía sobre sus nuevas propiedades a través de métodos como jardines de techo, jardines de lluvia o aceras permeables. Si los constructores no podían capturar la cantidad requerida, podían comprar créditos de otros propietarios para complementar sus esfuerzos.

En 2014, recuerda Holland, el mercado era cuestionable. Así y todo, era una “solución política bastante elegante” que podía estimular a los inversores a colocar su dinero en nuevos proyectos de retención de aguas pluviales. Holland y TNC, junto con sus socios de Encourage Capital, creían que los inversores podían financiar un proyecto y vender los créditos para obtener ganancias.

Tras un año de análisis financiero, la unidad de inversiones de conservación de TNC "NatureVest" y Encourage Capital crearon District Stormwater LLC, una compañía diseñada para manejar los proyectos de retención de aguas pluviales. Un año más tarde, el primer inversor aportó 1,7 millones de dólares estadounidenses para financiar un proyecto piloto.

Casi al mismo tiempo, Cheryl Tyiska se sentaba en un aula de Hyattsville, Maryland, para aprender formas de manejar las aguas pluviales. La Primera Iglesia Metodista Unida tenía jardines de lluvia diseñados para filtrar agua y evitar que se inundara su estacionamiento. Por mera coincidencia, Anacostia Watershed Society administraba este proyecto y TNC se había asociado con dicha sociedad para completarlo. Además de ofrecer asesoramiento técnico en aguas pluviales a Tyiska, Anacostia Watershed Society le presentó a Kettering, quien intentaba iniciar un nuevo proyecto de aguas pluviales.

Mt. Olivet Cemetery Base Layer Mt. Olivet Cemetery With Raingardens Layer Mt. Olivet Cemetery With New Trees Layer
Una nueva vida para el cementerio Durante dos años, TNC y sus socios ayudaron a reconfigurar el cementerio para capturar y tratar aguas pluviales.Desplácese para ver cómo
Nueve jardines de lluvia reemplazaron a 25.000 pies cuadrados de carreteras.
Se eliminaron 8.100 pies cuadrados de aceras y se plantaron 253 nuevos árboles.
Ahora esta propiedad retiene aproximadamente 5,4 millones de galones de agua pluvial por año.

En 2016, District Stormwater se asoció con la Arquidiócesis de Washington, dueña del cementerio Mount Olivet. Al año siguiente, se iniciaron las obras con el cuidado necesario para no dañar las tumbas. El equipo de contratistas rompió 18.000 pies cuadrados de caminos pavimentados y los reemplazó con jardines de lluvia y plantas nativas, sin costo alguno para el cementerio.

En última instancia, el proyecto generó 276.000 créditos de agua pluvial durante los primeros tres años. La venta de esos créditos será suficiente para comenzar a pagar la inversión inicial. Cada tres años, District Stormwater puede vender los créditos al gobierno de D.C. o a un promotor, si existe un mejor postor. La ciudad ha acordado comprar créditos durante 12 años para que la inversión sea menos especulativa. El gobierno municipal está interesado en garantizar que el sistema de intercambio de créditos funcione: si las ciudades no cumplen las normas de EPA, corren el riesgo de ser demandadas y pagar multas considerables.

En muchos casos, explica Holland, es más barato desarrollar créditos si se toma en cuenta lo que suelen pagar los promotores por el cumplimiento de sus obras. “Esto significa que el mercado funciona”, completa. “Los constructores ahorran dinero, las comunidades obtienen más espacios verdes, logramos resultados de conservación y el distrito cumple sus obligaciones”.

Unos niños disfrutan de un juego de agua en Washington, D.C.
Chapuzones ecológicos Los residentes disfrutan de los juegos de agua de Canal Park en el sudeste de Washington, D.C. Esta atracción recibe el 70 por ciento del agua de lluvia caída durante el invierno y el otoño. © Greg Kahn

Incluso en los días secos, el agua se hace notar en el cementerio Mount Olivet al fluir de los tubos ubicados al costado de los caminos. Toda esta agua es recolectada de los jardines de lluvia del cementerio y frenada por sus capas de filtrado. Aproximadamente el 60 por ciento del agua que se recolecta aquí es consumida por las plantas o se evapora. El resto del agua se filtra por capas de rocas y arena hasta terminar en un río más limpia que antes. Debido a que el agua fluye lentamente y a un volumen menor, no provocará erosión al terminar su recorrido en un arroyo cercano.

Esta iniciativa no agregó suma alguna al costo de infraestructura del cementerio Mount Olivet y redujo su factura de agua a USD 25.000 al año. Para la ciudad, fue una gran prueba del sistema de créditos. Y, para TNC y sus socios, fue una prueba piloto de una nueva manera de financiar trabajos ambientales. Si los números funcionan en Washington, también pueden hacerlo en otras ciudades.

La segunda fase del proyecto comenzó en el cementerio en noviembre. “Tenemos cuatro o cinco proyectos en curso para la ciudad y ya comenzamos a trazar planes para el año que viene”, afirmó Kettering en octubre. Mientras tanto, Holland trabaja con el condado de Cook (donde se encuentra la ciudad de Chicago) en su propia estructura de políticas. Filadelfia, Seattle y Los Ángeles también han expresado su interés en los mercados de créditos para aguas pluviales.

Corriente abajo, Anacostia Watershed Society organiza grupos para viajes en canoa por el río Anacostia. Financiados por el impuesto municipal a las bolsas, los viajes son una forma de restablecer el vínculo entre la ciudad y el río. Los canoeros reman entre nenúfares y aguas abiertas mientras águilas pescadoras planean sobre sus cabezas. Las pocas botellas de plástico que se ven flotando en la superficie ahora son el tipo de basura que más se encuentra en el río.

En 2018, la Universidad de Maryland lanzó su informe anual sobre la bahía de Chesapeake. 2017 fue el “primer año en que la bahía de Chesapeake en su totalidad mostró mejoras significativas”, según informan sus páginas. Todavía queda un largo camino para que sea saludable. La calidad del agua bajó durante las lluvias récord del último año. Pero, a ocho años de iniciada la multimillonaria iniciativa de varios estados para limpiar la bahía, el informe sugiere que finalmente algo funciona.

En el cementerio, Tyiska explica gustosamente a todos los visitantes el trabajo que se realiza allí. Es más que una solución financiera: para ella, como católica, hay algo sagrado en el agua que fluye en el lugar. “Es bueno para todo el mundo”, dice. “Es bueno para nuestra casa común. Es bueno para todos”.

Un hombre recoge vegetales en un jardín de techo.
Tierra fértil Kristof Grina, cofundador de Up Top Acres, cosecha vegetales en un jardín de techo en el marco del programa de agricultura con apoyo comunitario de la empresa. © Greg Kahn